El
Noble Profeta, Muhammad Ibn Abdullah, nació en el año 570 d.C.,
53 años antes de la Hégira en la ciudad santa de La Meca, en
el seno de una honorable familia árabe. Antes de venir al mundo perdió
a su padre, y a los seis años murió su madre, dejando al pequeño
bajo la tutela de su abuelo, Abdul Mutalib, quien falleció dos años
más tarde. Así, el niño fue llevado con su tío, el afectuoso Abu
Talib (padre de Alí, Emir de los creyentes) que desde entonces, se
ocupó de él y lo amó como
a su propio hijo; de forma constante, le sostuvo y protegió sin la
menor negligencia. Este apoyo permanente se afirmó hasta la vigilia
de la Hégira.
Los
árabes de La Meca, al igual que otros árabes, eran comerciantes de
carneros y camellos y
viajaban a veces a países vecinos, generalmente a Siria. Eran
ignorantes e incultos, absolutamente despreocupados de la instrucción
y la educación de sus hijos. Muhammad, como los otros miembros de su
tribu, no sabía ni leer ni escribir; pero desde la infancia, se
distinguió de los demás por sus diversas cualidades: no adoraba a
ningún ídolo, no mentía, no robaba, no traicionaba, era sabio,
competente y se abstenía de cometer malas acciones. También, en muy poco
tiempo, adquirió la confianza y la estima de la agente, de allí su
sobrenombre de al-Amín (el fiel). Efectivamente, los árabes
le confiaban muchas veces sus bienes y alababan su fidelidad y su
competencia. Tendría aproximadamente veinte años cuando una rica
dama de La Meca —la gran y noble Jadiya—, lo escogió como agente
de comercio. Gracias a su sabiduría y su honestidad, Muhammad
consiguió grandes beneficios para esta dama que, encantada cada vez más
por su personalidad y capacidad, le propuso matrimonio. Muy pronto se
casaron y el joven Muhammad prosiguió con sus actividades mercantiles
como antes.
Hasta
los cuarenta años, este hombre santo mantuvo buenas relaciones con la
gente que le consideraban, no solamente como uno de ellos, sino como
el más discreto y cualificado. Su moral,
su conducta ejemplar, su rechazo a la opresión y a la
crueldad, su modestia, le habían hecho ganar el respeto y la
confianza de los hombres de la región. Así, cuando los árabes
empezaron a reparar la casa de la Ka’aba, una disputa surgió entre
los diversos clanes con relación a la instalación de la piedra
negra; las partes presentes hicieron llamar a Muhammad para resolver
su litigio. Este último hizo depositar la piedra negra en un manto
que los jefes de clanes sostenían unidamente. De un solo movimiento,
llevaron la piedra sagrada y la emplazaron en la casa.
Gracias
a esta intervención, el conflicto se resolvió sin violencia ni
derramamiento de sangre.
Antes
de la difusión de su revelación profética y monoteísta, Muhammad
no había sido objeto de ninguna presión por parte de sus
compatriotas; y ello porque, por un lado, los árabes dejaban a los
judíos, los cristianos y a otros practicar libremente su religión, y
por otro porque Muhammad no se había opuesto aún directamente a las
creencias y supersticiones de las gentes.
Allah
Todopoderoso envió a los hombres un mensajero para invitarles al
monoteísmo. El delegó este misionario en la península árabe que
era, sin exageración, un fogón de miseria, tiranía, corrupción,
crueldad y maldad. Este enviado llamó a los hombres a hacer el bien,
a consolidar las relaciones sociales, a observar la justicia, la
verdad y a sublevarse prontamente contra los opresores. Al comienzo,
el Profeta, consciente del atraso de su medio, no divulgó su misión
más que a aquellos que estaban preparados para entender la buena
palabra; así, no tuvo al principio, más que un número restringido
de adeptos de los cuales los primeros fueron —según los escritos
relatados—, su primo hermano ‘Alí, el primer musulmán, y su
mujer Jadiya, la primera musulmana. Después de un tiempo, recibió la
orden de invitar a sus allegados a convertirse a la fe Divina.
Siguiendo el mandamiento de Dios, invitó a su casa a sus familiares y
vecinos (aproximadamente una cuarentena de personas) y les anunció la
misión que el Señor le había encargado. Muy pronto, extendió su
llamada e invitó al pueblo a seguir la fe musulmana; así llevó el
estandarte de la Mensaje Divino afuera de su casa, con el fin de
alumbrar el universo. La reacción de los árabes, sobre todo de
aquellos que habitaban La Meca, fue hostil; los infieles e impíos
rechazaron violentamente esta invitación llena de buena voluntad. Se
acusó a Muhammad de brujo; Se le trató de rabino, de loco, de poeta;
Se rieron de él, despreciando su persona y su mensaje. Cuando llamó
a la gente a seguir su nueva doctrina o cuando rezaba, sus adversarios
sembraban el conflicto y el desorden; llegaban incluso a arrojarle
basura, espinos, maleza, piedras, cuando no le golpeaban. A veces,
intentaban corromperlo prometiéndole montes y maravillas, creyendo
que así lo harían desviar de su objetivo sagrado. Pero todas estas
tentativas resultaron vanas; el Profeta permanecía inquebrantable,
aunque entristecido por la ignorancia y testarudez de su nación. Es más,
en muchos versículos coránicos, Dios trata de consolarle, recomendándole
la paciencia, mientras en otros, Le ordena no tener en cuenta los propósitos
de esta gente.
Aquellos
que siguieron al Profeta fueron objeto de múltiples ataques y
torturas; Algunos, también perecieron bajo las manos de la
infidelidad. A veces, la presión resultaba tan intolerable que los
partidarios pedían a su guía autorización para sublevarse
contra los opresores con el fin de terminar más rápido con los duros
sufrimientos; pero el Profeta les decía: «Todavía no he recibido la
orden del Señor Todopoderoso; debemos ser pacientes.» Algunos no
pudieron soportar tantos males, y recogiendo sus equipajes dejaron su
patria. Muy pronto, la situación se puso tan crítica para los
Musulmanes, que el Profeta les autorizó a exilarse en Etiopía a fin
de resguardarse de las persecuciones de sus compatriotas. Un primer
grupo, con Ya‘far Ibn Abu Talib (hermano del Emir de los creyentes
y uno de los compañeros preferidos del Profeta) a la cabeza, tomó el
camino hacia Etiopía. Cuando los infieles de La Meca conocieron el
exilio de los Musulmanes, delegaron dos representantes cargados de
regalos para el rey de Etiopía a quien le pedirían la extradición
de los exilados. Sin embargo, Ya‘far Ibn Abu Talib llegó a
convencer al rey, a los sacerdotes cristianos y a las autoridades del
país con un discurso elocuente, donde les habló de la personalidad
luminosa del Profeta, de los preceptos del Islam y les recitó los
versículos del sura “Mariam”(María). Los propósitos de Ya‘far
llegaron tan profundamente a los asistentes, que las lágrimas
brotaron de sus ojos. El rey de Etiopía rechazó extraditar a los
refugiados, devolvió a los delegados de La Meca sus regalos y dio la
orden de albergar a los Musulmanes.
Tras
este revés, los infieles de La Meca pactaron romper relaciones en
todos los niveles con los Banu-Hashim, parientes o partidarios de
Muhammad. Tras haber hecho firmar este pacto a los habitantes, los
enemigos del Profeta lo depositaron dentro de la Ka‘aba.
Los Banu-Hashim, que acompañaban a Muhammad, se vieron
obligados a abandonar junto a los suyos La Meca para refugiarse en señal
de protesta en un valle conocido como el desfiladero de Abi Taleb. Allí,
vencieron las condiciones más difíciles, sin atreverse a dejar el
desfiladero, soportaron
el calor y los lamentos de sus mujeres e hijos.
Es
en esta época cuando dos grandes desgracias afectan al Profeta y a su
comunidad: Abu Talib, el único protector de Muhammad y Jadiya, su
dulce esposa, mueren (620 d.C.). Con la desaparición de sus dos
fuertes apoyos, la existencia del Profeta va a resultar difícil; no
se atreve a mostrarse en público por miedo a ser atacado por sus
enemigos que le amenazan.
Huyendo
de sus enemigos, quienes habían urdido un plan para asesinarlo, el
Profeta Muhammad (B.P.D.) se dirigió en plena noche hacia una gruta
de la montaña «Zaur» al lado de La Meca. Después de permanecer
tres días escondido en el interior de la gruta, prosiguió su viaje
hasta Medina donde la población lo acogió calurosamente.
El
Profeta se instaló en Medina donde los habitantes se convertían al
Islam y aseguraban la protección de su guía. Medina se convierte en
una ciudad islámica y toma el nombre de «Ciudad del Profeta»
(Medina an-Nabi), o
simplemente Medina, en lugar de Yazrib designación tradicional. En la
primera ciudad del Islam, cerca de un tercio de los habitantes eran
hipócritas, falsos creyentes, que decían creer en la religión
musulmana, por miedo al resto de la población árabe.
El
sol del Islam empezó a brillar en el cielo claro de Medina; el estado
de guerra que se había establecido desde hacía años entre las dos
grandes tribus, los Aus y Jazray, finalizó. Con el retorno a la paz,
los creyentes de Medina se unieron. Poco a poco, las tribus y clanes
de la región se convirtieron al Islam. Cada día, una de las raíces
de la corrupción y del mal era destruida, naciendo en su lugar la
virtud y el bien. Los partidarios del Profeta que habían permanecido
en La Meca, llegaron pronto para unirse a sus correligionarios, pues
no podían soportar más las presiones de los infieles Mequinenses.
Por su parte, los Medinenses les acogieron calurosamente. Estos
exiliados de La Meca llegados a refugiarse en Medina, fueron llamados
los «Muhayirin» (emigrados), y los Musulmanes de Medina los «Ansar»
(auxiliares).
El
Islam es la última y más completa de las religiones reveladas por
Dios, pues ha llevado a su completitud las religiones de Moisés y Jesús,
con ambos sea la Paz, y da respuestas a todas las condiciones y
circunstancias de esta época. Aunque el nacimiento de Jesús (P.) es
respetado por los musulmanes no es considerado por estos como el
principio de esta era pues han constituido una comunidad independiente, y en cuanto
a este tema no tienen por qué imitar a los demás. Desde hacía un
tiempo el año de elefante (cuando Abraha intentó con su ejercito
destruir la Ka‘aba y fue milagrosamente arrasado) constituía el
principio de la era de los árabes. El nacimiento bendito del Profeta
del Islam se produjo precisamente en ese año; pero los musulmanes no
lo consideran el inicio de su historia pues en ese momento todavía no
existían ni el Islam ni la Revelación. Por el mismo motivo no se
consideró importante el momento en que Muhammad (B.P.D.) fue
designado Profeta, puesto que el número de creyentes en ese momento
no pasaba de tres personas. Pero en el año de la Hégira (emigración)
los musulmanes obtuvieron un gran triunfo: crearon una comunidad y
gobierno independiente en Medina. Se salvaron de las opresiones y se
concentraron libremente en esa ciudad. Por el beneficio de este hecho,
que marcó el inicio de la victoria del Islam y su expansión
definitiva, fue considerado como el inicio de la era Islámica.
Actualmente
han pasado 1424 años lunares de ese hecho.
En
otras palabras en la historia de la comunidad Islámica no existe
personalidad más elevada e importante que el Profeta Muhammad (B.P.D.)
ni suceso más beneficioso y significativo que la emigración, pues a
raíz de ella se dio vuelta la página de la historia humana. El
Profeta del Islam y los musulmanes se trasladaron de un ambiente
opresivo a otro libre. Los medinenses recibieron al líder de los
musulmanes calurosamente poniendo en sus manos el poder, y en poco
tiempo en virtud de este traslado el Islam logró organizarse política
y militarmente constituyendo uno de los gobiernos fuertes dentro de la
península, y más tarde de todo el mundo.
De
este modo se fundó una gran civilización, tan grande como la
humanidad nunca había visto. Si la emigración no hubiese tenido
lugar, el Islam habría fenecido en La Meca y el género humano habría
quedado privado de su gran bendición.
Terminados
los rituales del Hayy, donde los musulmanes aprendieron los
procedimientos de la verdadera peregrinación del santo Profeta, éste
decidió partir hacia Medina. Se dio la orden de partida. Cuando la
caravana llegó al territorio de Raabeg, a tres millas de distancia de
Yuhfa (una de las
“estaciones” o “miqats” donde se consagran los peregrinos), el
fiel ángel de la revelación descendió justo en un punto llamado
Gadirul Jum para comunicarle al Profeta la siguiente aleya:
“¡Mensajero! Proclama lo que te fue revelado por tu Señor, porque si
no lo hicieras no habrás cumplido tu misión. Mas Dios te protegerá
de los hombres; porque Dios no ilumina a los incrédulos”. (5:67)
Los
términos de este versículo indican que Dios había encomendado al
Profeta la transmisión de un asunto importante y de suma delicadeza,
y ¿qué asunto podía ser más importante que la designación de Alí
como Califa (sucesor) ante los ojos de cien mil personas?
Se
dio la orden de detener la caravana y los que llevaban la delantera
esperaron el arribo de los que estaban más rezagados. Era el mediodía
y el calor era muy intenso. Los creyentes colocaban una parte de sus
mantos debajo de sus pies y otra sobre sus cabezas. Además hicieron
entre los árboles una galería a fin de proteger al Profeta. Muhammad
dirigió la oración del mediodía. Luego, mientras la multitud lo
rodeaba, subió a un púlpito que le habían preparado con varias
monturas de camello superpuestas, y en voz bien alta y expresiva
dirigió una disertación a los presentes.
“La
alabanza pertenece a
Dios, a Él le imploramos ayuda y a Él nos encomendamos. En Él
nos refugiamos de nuestras maldades y nuestros pecados. Dios es la única
guía y orientación. Y a quien Él encamina jamás se desviará.
Atestiguo que no hay más dios que Él y que Muhammad es Su Enviado.
¡Gentes! Es probable que muy pronto acuda a una invitación divina y
me vaya de vuestro lado. Yo soy responsable de mis actos y vosotros lo
sois de los vuestros. ¿Qué es lo que piensan de mí?
Todos
exclamaron: “Atestiguamos que tú has cumplido tu misión y has
luchado. ¡Dios te conceda una buena recompensa!”
El
Profeta (B.P.) preguntó: “¿Atestiguan que Dios es Único, que
Muhammad es Su Enviado, y que no hay duda respecto al Paraíso, al
Infierno y a la vida eterna en el otro mundo?”. Respondieron: “Sí,
lo atestiguamos”. Agregó: “Dejo entre ustedes dos cosas valiosas
y queridas. Ya veré como las trataréis”. Alguien interrogó: “¿Cuáles
son esas dos cosas a las cuales te refieres?” Respondió: “Uno es
el Libro de Dios y la otra mi familia y mi descendencia.”
“Dios el Altísimo me
ha informado que estos dos legados jamás se separarán. ¡Gentes! No
pretendan adelantarse al Corán ni a mi descendencia, ni tampoco
retrasarse. Si lo hicieran perecerían.” Tomando entonces el brazo
de Alí y levantándolo hasta que llegaron a verse las axilas de
ambos, lo presentó y preguntó quien era el soberano y el conocedor
de la felicidad de los creyentes más que ellos mismos, a lo que todos
respondieron: “Dios y Su Enviado”. Exclamó entonces el Profeta
(B. P.): “Aquel de quien yo fuera su señor (maula: protector,
guardián y maestro), Alí también es su señor” (y lo repitió
tres veces).” ¡Dios! Ama a quien lo ame; protege a quien lo
proteja, sé enemigo de su enemigo y amigo de su amigo. Trata con Tu
ira a quien no lo ame, haz victorioso a quien lo haga vencedor y
humilla a quien lo humille, y conviértelo en el eje de la verdad”.
El 28 de Safar del año 11 de la hégira
lunar, el último enviado de Dios respondió a la invitación
divina y abandonó este mundo hacia su Creador. Él fue el sol
brillante de la verdad en la noche oscura de esta vida. Un
gran Profeta que Dios le encomendó revelar el Corán como una
bendición para todos los habitantes del universo.
El Mensajero del Islam, el Hazrat
Muhammad (BPD), como una luz de guía, mostró el camino de
felicidad para el ser humano y, en una época donde todos
dormían en el sueño profundo de la ignorancia, Él gritó el
sonido del despertar y de la salvación de la indignidad, así
como se encargo de salvar a quienes se desviaban del camino
recto. Como Dios en la aleya 45 a 47 de sura La coalición (Al
ahzáb) dice:
Profeta! Te hemos enviado como
testigo, como nuncio de buenas nuevas, como monitor, como voz
que llama a Alá con Su permiso, como antorcha luminosa.
Anuncia a los creyentes que recibirán un gran favor de Alá
El Gran Profeta de Dios se encargó de
esta gran y difícil misión con todo amor a la humanidad, a
pesar de soportar molestias y dificultades, dijo:
“Nadie recibirá tantas dificultades como yo he
soportado”.
El Enviado de Dios dejó el recién
establecido Ummah islámico (comunidad islámica), mientras
estaba muy preocupado por su futuro. Durante toda la era de su
misión, siempre aconsejaba a sus compañeros de evitar la
desviación y les recomendó aprovechar de dos tesoros que Él
dejó entre la gente, uno el Corán y, el otro, Ahlul Bayt (Casa
Profética), para alcanzar la felicidad.
Dar importancia a la dignidad humana
se considera uno de los asuntos más relevantes en la misión
del Profeta. Él dijo “Yo he sido elegido para completar los
privilegios morales”.
El eje de las moralidades es la
dignidad humana. Dios en la aleya 70 de sura El viaje Nocturno
afirma
Hemos honrado a los hijos de Adén, les
hemos proveído de cosas buenas y los hemos preferido
marcadamente a muchas criaturas
En realidad el ser humano tiene una
característica divina y si se aleja de sus valores internos,
se pone en el camino de desviación.
Aquel Hazart , quien fue decorado de
los más altos privilegios y valores humanos, veía al hombre
como una criatura valiosa. Él fue conocido como Mohammad Amin,
que significa e; Confiable. Él nunca permitía que la gente se
arrodillase ante su presencia, ya que, creía que la
prosternación no era permisible ante nadie sino solo ante
Dios.
El Hazrat Mohamad buscaba fundar una
civilización basada en los más altos valores morales. Desde su
visión incluso la guerra contra los enemigos era una manera de
educar y mejorar. Él nunca permitió declarar guerras y solo
las aceptó en tiempos urgentes cuando el enemigo no aceptaba
la paz. Al conquistar la Meca dijo:
"Ay habitantes de la Meca, hoy no hay
nadie encima de ustedes. Hoy es el día del perdón y
bendición."
Eliminar las supersticiones, figura
entre los puntos del programa del Enviado para renovar la
estima humana. Ya que borrar las supersticiones se considera
un factor del crecimiento mental. Una mente, cautiva de
incorrectas creencias, no puede aceptar el monoteísmo. Por eso
cuando la muerte del hijo, Abraham coincidió con el eclipse de
sol, dirigiéndose a quienes relacionaban estos dos sucesos
dijo:
"El sol y la luna son signos de Dios,
y estos fenómenos no tienen nada que ver con la muerte de
alguien, al suceder el eclipse de sol, recuerden a Dios y su
grandeza."
Al mismo tiempo, el Hazart Muhammad
luchaba contra la adopción de una religión irreflexiva, ya
que, enfatizaba que "Dios no ha repartido nada más bueno que
la razón entre sus siervos".
Otro factor
que merece el respeto de las dignidades humanas hacia el
Mensajero fue la falta de coacción en la aceptación de la
religión, puesto que en una religión basada en la libertad de
los seres humanos de las dependencias diabólicas e internas,
no cabe la coalición.
Por todo esto, muchas corazones lo
recuerdan y cada día aumenta sus discípulos. Diariamente
muchos musulmanes en todas partes del mundo, rezan sus
oraciones y dan testigo de su misión.
Sobre la grandeza de su característica
solo basta saber que Dios en el Corán, lo nombra al lado de su
nombre y considera la fe de su Mensajero como signo del
acercamiento hacia sí mismo.
Expresamos nuestras más sinceras
condolencias por el aniversario del fallecimiento de Hazrat
Muhammad y terminamos este programa con unas palabras del
Corán respecto al Mensajero de Dios.
Alá y sus ángeles bendicen al Profeta.
¡Creyentes! ¡Bendecidle vosotros también y saludadle como se
debe!
Fuente: IRIB